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Desgraciadamente, si seguimos de cerca las tímidas noticias que en el mundo, con un poco de esmero, podemos encontrar, que nos traen periodistas comprometidos que luchan por hacer algo de justicia con sus publicaciones, vemos que la represión crece y sigue creciendo. Es una paradoja que los noticieros del mundo tengan tiempo y espacio para hablar de la última crema para el cutis o la mejor forma de broncearse en verano pero no tengan tiempo para un caso de tan inmensas proporciones… La irresponsabilidad de la prensa internacional ante este genocidio es algo insólito…

El trato injusto que reciben los tibetanos, personas demostrablemente inocentes, ante el supuesto problema político que las autoridades chinas presentan en una falsa bandeja de plata adornada “a su gusto” ha ido subiendo de tono año tras año.

Es alarmante ver que hoy, repetimos, estamos llegando al extremo del exterminio, que la tortura como método disuasivo está en aumento, que las represiones raciales maquiavélicamente inteligentes que las autoridades chinas están aplicando para no dar su brazo a torcer están aniquilando una cultura que bien podría ser denominada LA MÁS PACÍFICA DE LA TIERRA.

Existen en la historia de la humanidad innumerables casos de opresión; pero, al menos, en muchos de ellos hay razones que logran más o menos justificar el infortunio. Sin embargo, cuando estudiamos acuciosamente el caso del Tíbet no hay forma de encontrar justificación al poder aplastante de la tiranía... Es una incongruencia…

Tal vez ni Napoleón, con su inmensa codicia por el poder y la dominación; ni Cristóbal Colón, con su grupo de sangrientos compañeros colmados de avaricia por el oro y la carne de los pueblos indígenas; e incluso ni siquiera el mismísimo Hitler, con su desvarío maniático fatal ante toda Europa, llegaron al desatino, al yerro mortal que las autoridades chinas han establecido en el Tíbet.

¡En el Tíbet la historia se ha transformado en un libro de terror! El trato que los tibetanos han recibido en las últimas dos décadas es el que da un delincuente desalmado a su víctima. Las multitudes tibetanas han experimentado en carne propia el hurto de su intimidad, el insulto de sus valores sagrados y la extorsión de los principios básicos de la dignidad humana. Y, todo esto, mal justificado por una quimérica política que habla de “igualdad”, con la cual los hipócritas represores se llenan la boca mientras que vacían sus corazones, quienes además son implacables incluso con sus propios compatriotas.

Sin más recordemos los Juegos Olímpicos realizados recientemente, en este pasado año 2008, y las denuncias anónimas que un grupo de periodistas chinos, muy valientes, se atrevieron a publicar sobre el entrenamiento de los competidores chinos, particularmente de los niños. Informaron a la conciencia pública, jugándose la integridad física, sobre las exigencias descabelladas que los entrenadores ordenaron a sus deportistas para que ganaran a cualquier precio el máximo posible de medallas, supuestamente para mostrar su grandeza al mundo... Este maltrato que los entrenadores obligaron a realizar significó amargura y dolor en los cuerpos y en las mentes de muchos atletas. En internet hay vídeos, fotos y testimonios vivientes de estos hechos. Obviamente, las autoridades políticas están detrás de tales exigencias, empujando a su vez a los entrenadores en lo que se convirtió en una cadena de martirios.

Ese orgullo repugnante que los gobernantes chinos se esmeran en imprimir en sus maltratados ciudadanos, pisando con el borceguí embarrado el cuello de sus víctimas para sentirse poderosos, es exactamente el mismo orgullo que se extendió en todo el Tíbet en las últimas décadas.

También es de toda verdad que en términos de maltrato animal el citado país agresor se lleva el “galardón” internacional a la crueldad.
Obviamente, sería una mentira capital incluir a todos los ciudadanos chinos, generalizando masivamente e imputándoles a estos el mal hacer de sus líderes. Usted habrá notado que nos referimos a “las autoridades chinas” y no a los ciudadanos chinos en general, porque bien es sabido que aun con el terror de la muerte pisándole los pies, muchos ciudadanos chinos, haciendo gala de su dignidad milenaria, se han sublevado osadamente contra el despotismo de sus líderes...

El propio comunismo como filosofía de vida ha demostrado muy ampliamente ser un completo fracaso como sistema político y como sistema de liderazgo de los países. El comunismo –nos lo explican las fuentes genuinas de la sabiduría universal– ha sido creado con conocimiento de causa por mentes maliciosas para embaucar a los incautos, quienes siendo seducidos y engañados bajo la idea de “igualdad” aceptaron una filosofía de vida que ataca los principios básicos de la ética y la dignidad, así como lo hacen todos los extremos en la vida, como el del “materialismo y el consumismo” desmedidos, del cual muchos países están atiborrados hoy en desmedro de ser simplemente “buenos seres humanos”.

Cuando uno se pone en contacto directo con los tibetanos, cuando comparte su vida, su cultura, su comida, sus celebraciones, su forma respetuosa de comportarse, comprende que la toma del Tíbet no es simplemente una extorsión, un abuso, un genocidio sin razón ni sentido. No… Uno comprende que es ¡UN CRIMEN CONTRA LA HUMANIDAD! Un crimen de bajos fondos... Un crimen comparado al del violador que inmoviliza a su víctima para imponerle por la fuerza su brutalidad insensible y sanguinaria, estrujándole sus valores más íntimos. Sí, amigo lector, es una violación colosal. Las autoridades chinas se han comportado como un hombre cruento que viola a una mujer virgen e inocente sin importarle las consecuencias, y esa mujer es, obviamente, el Tíbet.

Si bien la misericordia con toda su majestad tiene su lugar en la vida y siempre la tendrá, también la justicia tiene el suyo, con todo el rigor que le es propio…

Pedimos a la inteligencia subyacente tras los telones de la vida, imploramos a aquellos ojos agudos y penetrantes que todo lo ven y que hacen referencia al dicho que tantas veces hemos escuchado de nuestras abuelas cuando nos decían: “Todo lo que uno hace le es devuelto, porque la vida te paga el bien que haces con bien, y el mal que haces con mal”. ¡Que se haga de una vez y para siempre justicia en el Tíbet! ¡Que caiga la espada de Damocles sobre la tiranía de estos verdugos disfrazados de diplomáticos! ¡Que caiga el juicio mundial y la conciencia pública sobre este crimen mayor contra la humanidad!

¡Sea el Tíbet libre de las cuerdas déspotas de piel y sangre tibetanas que las autoridades chinas tejieron con su bestialidad y su repugnante vanidad comunista, atando los corazones tibetanos al destierro de la sin razón!

Los tiempos corren y el péndulo cambiará pronto de opuesto, y nadie podrá detenerlo, porque es una ley natural implícita en la sustentación de la vida misma… Entonces el Tíbet será libre, libre, libre… para siempre jamás.

Finalizamos, paradójicamente y para fundamentar el hecho de que cientos de millones de chinos no están de acuerdo con la toma del Tíbet, con las palabras del gran filósofo chino Lao-tse, quien dice: “Si quieres que algo se expanda deja que primero se contraiga. Si quieres que algo se contraiga deja que primero se expanda”.

La moraleja de esta frase de sabiduría, aplicada al lamentable caso del Tíbet, podría ser interpretada de la siguiente forma: Los corazones tibetanos se han contraído ya más que suficiente, mientras que la tiranía se ha expandido en demasía. Ahora vendrá el polo opuesto, y los benévolos corazones tibetanos volverán a tener sangre que circule libremente por sus amplias venas, y volverán a poseer lo que por derecho les pertenece: SU PAÍS, SU CULTURA, SU RELIGIÓN Y SUS VIDAS.

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